Fábula nº 44

Título del relato: La necesidad de un paraguas         

Año de publicación: 2019

Relato incluido en el número 44 de la revista literaria Fábula

“No lo perdió, ni tampoco lo dejó olvidado en cualquier parte: alguien le robó el paraguas sin que pudiera darse cuenta.

Aquel día llovía intensamente; no había dejado de hacerlo desde primera hora de la mañana, y por la tarde todo seguía exactamente igual: el cielo gris, las nubes rechonchas y compactas, la lluvia que no paraba. Habría sido mejor quedarse en casa, con todas las luces encendidas, viendo la ciudad de Capital desde la ventana, refugiado de la lluvia y los ladrones; pero había quedado para ir a ver una exposición en el museo, y no quería faltar a la cita poniendo una excusa tan débil como el mal tiempo, o la falta de ilusión y sus pocas ganas debidas a ese mal tiempo. Además, cómo iba a saber que la mujer le daría plantón y se quedaría sin paraguas justo cuando más lo necesitaba. Al final, como resultado inamovible de todos sus esfuerzos, como recompensa a los ridículos afanes de madurez, dos pérdidas en una misma tarde que el hombre sintió como una sola, y la recurrente, estúpida sensación de imaginarlas como tal. Se dijo que ya era tener mala suerte, que esas cosas sólo le pasaban a él, que la primera idea ―en este caso, una idea múltiple y encadenada: quedarse en casa, pretextar lo que fuera, no acudir a la cita― era siempre la que valía; pero no encontró consuelo, e inmediatamente supo que de ahí no podría extraerlo por más que lo intentara o que maldijera confusa y ferozmente.

Cuando salió de la estación de metro todavía llevaba consigo el paraguas y albergaba alguna esperanza, ya fuera por la exposición, que le interesaba, por la conversación, que siempre sería agradable, o por el final de la noche, que nunca podría ser peor que todos los anteriores que se venían sucediendo en una serie interminable de decepciones y amargos lamentos. El museo quedaba a pocas manzanas de la estación, pero la lluvia arreciaba, así que abrió el paraguas y continuó su camino: todavía lo llevaba consigo, de eso no cabía duda. Luego estuvo esperando en el vestíbulo del museo, tal y como acordaron, con las dos entradas en el bolsillo del abrigo y un par de catálogos en la mano, para tener un obsequio amable que ofrecer, para dar una sorpresa que finalmente él se llevaría. Cabía dentro de lo posible que ya entonces le hubiesen robado el paraguas: un despiste al comprar las entradas, el barullo a la hora de adquirir los catálogos junto con la confusión de los precios y las vueltas, su desorientación cuando comprobó el paso del tiempo y ya tuvo la certeza de que ella no comparecería; sin embargo, el hombre todavía recuerda un peso muerto mientras deambulaba por las salas repletas del museo y veía la exposición, más concentrado en su fracaso (que en realidad no era del todo suyo, pero que de ahora en adelante le pertenecería para siempre y cuidaría con el celo excesivo de los propietarios inesperados) que en los cuadros de vivos colores y formas sinuosas. Por eso el hombre se decantó por otro lugar, por otro momento, y lo tuvo claro: mareado por la frustración, exhausto por la visión de aquella enorme cantidad de paisajes, figuras y símbolos en los que trató de ver su propio destino y descifrarlo, poco a poco la rabia dio paso a una especie de cansancio, y el hombre decidió tomar un refrigerio en la cafetería del museo. Ahí tuvo que ser; había bajado las defensas, tenía otras preocupaciones, y entonces alguien aprovechó su descuido.” (Extracto del relato)

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